Ailton da Silva en un juego de la Copa Sudamericana en 2005. (Foto: Archivo ¡GOOOYA!)

Ailton da Silva, un tributo a un jugador que le daba alegría al Pumas del bicampeonato

Es imposible olvidar al número 25 que desbordaba con cadencia por la banda izquierda de Pumas. Ese brasileño que volvía loca a cualquier defensiva cuando salía inspirado, que irradiaba pura alegría en cada jugada. Desde el terreno de juego, Ailton denotaba felicidad con su técnica exquisita, y no dejaba lugar a dudas: había nacido para esto.

Pero su historia es diferente a la de otros futbolistas. José Ailton Da Silva no era un enamorado del balompié cuando era niño —algo extraño en el medio futbolístico, y más aún siendo brasileño—, pero su padre fue quien lo alentó a convertirse en jugador profesional.

«En Brasil, cuando eres pequeño y vas pasando de año en la escuela, te regalan algo. Mi papá siempre me regalaba un balón nuevo. A los 14 o 15 años yo quería bicicletas, otras cosas. Yo veía el futbol como veía el basquetbol. De verdad no creí que iba a llegar a donde llegué, porque no era mi meta. Para empezar, yo no sabía lo que quería. Me gustaba mucho estar con mis amigos, salir a las fiestas y ese tipo de cosas».

Su familia, todos seguidores del Corinthians, fue fundamental para que decidiera emprender el camino del futbol.

Un hombre posando frente a una pared con una fotografía de un grupo de fútbol en el fondo, vestido con una sudadera de color oscuro con detalles en amarillo.
Ailton recibió a ¡GOOOYA! en su casa a principios de 2004. (Foto: Archivo ¡GOOOYA!)

Cuando le borraron la sonrisa

Su carrera como futbolista comenzó en el Bragantino entre los 15 y 16 años. Después siguió el Palmeiras, Etti Jundial, y viajó a Venezuela al Deportivo Italchacao, donde salió campeón. Llegó a México con Atlas en el torneo Verano 2000, después pasó a León en Invierno 2000 y Verano 2001. No se arregló con América y decidió probar suerte en Europa.

«Yo estaba muy enojado porque América pensaba que no me iba a ir solo porque era América. Entonces mejor agarré mis cosas y me fui a Brasil. Me llamaron y me fui a Italia, al Bari».

El anhelo de jugar en Europa parecía cristalizarse para Ailton. Con todas las ilusiones del mundo llegó a un ambiente que rápidamente las desvaneció.

«Fue totalmente diferente. El futbol era muy rudo. Todo lo que un futbolista nunca quisiera vivir pasa en la Segunda División de Italia. Estaba bastante fea la cosa y yo me decía ‘¿cómo voy a hacer para salir de aquí?’ Ya no quería quedarme».

Aunque su salida no fue inmediata, pasaron casi dos años más hasta su regreso a México.

Por cariño y gratitud

Lo que es el destino para quien cree en él. El jugador brasileño no venía a Pumas, sino que tenía ofertas de Necaxa, Morelia o Santos Laguna. Pero un día fue a visitar a Leandro Augusto, su amigo desde que ambos jugaban en León.

Durante la liguilla de diciembre de 2002, fue a la concentración de Pumas para platicar con Leandro. Hugo Sánchez lo vio y le preguntó sobre la presencia de Ailton. Leandro respondió que «estaba buscando equipo», y así llegó de manera indirecta a Universidad.

«La gente de Pumas es muy especial. De la misma forma que te apoya, puede ser que le caigas mal y ya valió todo, pero de verdad estoy muy agradecido. Me han apoyado siempre, cuando me ven me saludan».

Desde su llegada a Universidad se sintió en casa y se enamoró de todo lo que rodea al equipo. Incluso renunció a los 200,000 dólares de su traspaso, y cuando refrendó su permanencia lo hizo sin aumento salarial.

«Me sentía en deuda, primero con la gente, que de verdad es muy especial, después con Hugo, porque es una persona que me ha ayudado mucho».

Su pecado: La vanidad

Así como se veía en la cancha —alegre, travieso y atrevido—, así era fuera de ella. Un bromista que pocas veces se enojaba, pero cuando el coraje aparecía, difícilmente podía perdonar.

«Aguanto todo menos que hablen mal de mi familia, porque hasta me pongo agresivo. Es muy difícil que me hagan enojar, soy una persona en la que prevalece el buen humor siempre. Soy muy alegre y donde estoy intento llevar alegría. Eso lo tengo de mi papá, que no cuenta chistes, pero bromea mucho».

Ailton aprendió a cocinar cuando vivió solo en Venezuela —su especialidad era la pasta—, aunque en el gusto culinario no era nada exigente: «Lo mío es el arroz, frijoles y un pedazo de carne; soy de lo más simple».

Eso sí, era vanidoso en exceso: «Tengo que bañarme todas las mañanas, mi esposa tiene que ponerme crema en todo el cuerpo, perfume en todo el cuerpo. Soy demasiado vanidoso».

El sueño cumplido

En aquella entrevista de 2004, Ailton había sido campeón una sola vez y soñaba con repetir esa alegría en Pumas «porque es un club bueno, serio, paga al día, tiene una buena directiva y me siento en deuda con el equipo, porque la gente se lo merece».

Más de 20 años después sabemos que no solo lo logró, sino que fue clave en el bicampeonato. En el título contra Chivas anotó el penalti definitivo antes de la falla de Rafael Medina. Además, portaba aquella camiseta histórica con la que respondió a los desplegados de Jorge Vergara: «Gatito campeón a la Vergara».

El ‘travieso Ailton’ vivía el futbol como vivía la vida. Una persona excepcional que disfrutaba lo que hacía y por eso siempre daba sabor y alegría. Sin cábalas ni supersticiones.

«Yo vivo el futbol como si estuviera jugando en el barrio. Entro al campo como si estuviera jugando en el barrio».

Esa confesión explica cómo era capaz de derrochar magia por la banda izquierda auriazul: porque no se preocupaba por nada más, simplemente se divertía en la cancha.

Hoy, Ailton cumple 48 años y radica en Orlando, Florida. Pero para los seguidores auriazules siempre será aquel 25 que nos hizo soñar, que nos dio alegrías inmensas y que demostró que a veces el destino tiene los planes perfectos. Feliz cumpleaños, crack, un fuerte ¡GOOOYA! para ti.

Fotos: Archivo ¡GOOOYA!


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