Hablar de Evanivaldo Castro Silva es invocar la mística más pura de nuestra institución. «El Cabo» no solo es un nombre en los libros de récords; es el símbolo de una época donde el orgullo azul y oro dominaba cada rincón del área en el futbol mexicano.
Hoy, con la sabiduría que dan 78 años de vida y desde la calidez de su hogar en Brasil, su leyenda sigue siendo el faro que guía a todo aquel que sueña con triunfar en el Estadio Olímpico Universitario.
Para rendirle el tributo que merece la figura proveniente del futbol extranjero más grande que ha pisado nuestra cancha, hemos decidido desempolvar un tesoro de nuestra redacción: la charla íntima que nos concedió para la edición impresa de ¡GOOOYA! en 2004. En aquellas páginas, Evanivaldo desnudó su alma de goleador, revelando que su llegada al Pedregal estuvo marcada por una confusión que hoy forma parte de nuestra identidad más querida.
Revisitar sus palabras es entender que la grandeza de Cabinho no se mide solo en los 166 goles que marcó con nuestra piel, sino en la honestidad con la que defendió el escudo de Pumas desde el primer día. En aquel encuentro, nos relató con una sonrisa cómo fue su primer contacto con la máxima casa de estudios, una historia que merece ser contada una y otra vez por cada generación de universitarios.
«No era mi idea estudiar y jugar»: El arribo del hombre récord
«Jugaba para el Portuguesa de Desportos cuando me ofrecieron venir a la Universidad», nos confesaba entre risas en aquel encuentro de 2004. El brasileño recordaba que su primera reacción fue de total desconcierto: «No era mi idea estudiar y jugar, así que cuando me explicaron que la Universidad de México poseía un equipo en la Primera División las cosas cambiaron». Fue así como el 20 de julio de 1974 comenzó una historia de amor que cambiaría el destino del futbol mexicano para siempre.
Para Cabinho, el éxito nunca fue una cuestión de azar, sino un pacto espiritual de no defraudar a quienes confiaron en él. En la charla, dejó grabada una declaración que define su temple: «Soy creyente y cuando acepté venir a México acudí a Dios para pedirle no defraudar a la gente que me contrataba. No pensé en goles, rogué porque no me pasara nada y pudiera jugar como me gustaba». Esa salud que pidió se tradujo en una potencia física inalcanzable, logrando 151 goles únicamente en torneos de liga con el Puma en el pecho.
«Ese pase de Cándido fue de oro»: Los años de la gloria auriazul
Al profundizar en sus secretos para perforar redes, Evanivaldo fue contundente al decirnos que «no hay fórmulas, sólo puedo decir que desde que empecé a jugar futbol le pedí a Dios no lastimarme para trascender en el deporte». Esa disciplina lo convirtió en el motor de una escuadra ofensiva que jugaba de memoria, rodeado de figuras como Spencer Coelho, Leonardo Cuéllar y Juan José Muñante. Su conexión con el equipo era tal, que recordaba con nostalgia el primer título de liga en la 76-77.
«Ese pase de Cándido fue de oro», nos relató con un brillo especial al evocar el gol del campeonato contra la U. de G. en Ciudad Universitaria. Aquel momento fue la cumbre de un dominio absoluto donde sus goles representaron casi el 40 por ciento de la producción ofensiva del equipo durante cuatro años seguidos. Cabinho nos recordaba que, más allá de los 312 goles totales que repartió en México entre 1974 y 1987, su corazón siempre latió con el ritmo de los Goyas.
Un legado de 312 zarpazos que trasciende fronteras
A sus 78 años, la figura de Evanivaldo Castro sigue siendo el estándar de excelencia para cualquier delantero. En aquella entrevista, nos dejó claro que sus récords eran su «pase de salida», pero que lo más valioso era la entrega total en cada partido. «Más de trescientos goles, son 312 para ser exactos», nos decía con el orgullo de quien sabe que cumplió con creces su misión en la vida, definiéndose siempre como un servidor de Dios agradecido por lo vivido.
Hoy, desde ¡GOOOYA! Auriazul, honramos su trayectoria rescatando su voz más genuina. Cabinho no es solo pasado, es la raíz de nuestra garra y el ejemplo de lo que significa ser un profesional íntegro. Su despedida en aquella entrevista resuena hoy con la fuerza de un himno universitario: «Soy universitario, lo soy desde 1974. Me siento mexicano desde que leía las crónicas en Sao Paulo. Estoy agradecido con Dios por lo que aconteció con la Universidad, el Atlante y el León».

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