73 años del Estadio Olímpico Universitario, el cuadro más precioso de la UNAM
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El Estadio Olímpico Universitario: 73 años de identidad, arte y garra puma

El Estadio Olímpico Universitario cumple 73 años de historia, arte y pasión. Inaugurado el 20 de noviembre de 1952, este coloso de piedra volcánica ha sido testigo de gestas que marcaron al deporte mexicano y al espíritu universitario. Desde los Juegos Olímpicos México 68 hasta los títulos de Pumas, cada grada resguarda un pedazo de nuestra memoria azul y oro, como si fueran pinceladas en un gran cuadro colectivo.

Sobre el Pedregal de Insurgentes Sur 3000 nació una obra que trascendió la arquitectura para convertirse en símbolo: el Estadio Olímpico Universitario, diseñado por los arquitectos Augusto Pérez Palacios, Raúl Salinas Moro y Jorge Bravo Jiménez. Su forma de cráter, levantada con roca del Xitle, es una metáfora del fuego interno que distingue a la comunidad de la UNAM, un lienzo abierto donde el sol y la piedra dialogan todos los días.

El 20 de noviembre de 1952, durante los II Juegos Deportivos Nacionales, fue inaugurado oficialmente por el presidente Miguel Alemán Valdés. Pero su primer partido se jugó unos días antes, entre los propios constructores del recinto: un duelo simbólico que marcó el inicio de una historia forjada con sudor, garra y orgullo universitario.

Vista nocturna del Estadio Olímpico Universitario y del Mural de Diego Rivera. (Foto: Rodrigo Fernández)

Un templo lleno de historia y misticismo

Desde entonces, este templo deportivo universitario ha sido escenario de todo: de los Juegos Olímpicos de 1968, de los Juegos Panamericanos de 1955 y 1975, de los clásicos estudiantiles UNAM vs Politécnico en el futbol americano, del Mundial de Futbol de 1986, y de las hazañas de atletas legendarios como Ana Guevara, Bob Beamon, Jim Hines o Kipchoge Keino. En su pista se han roto récords mundiales; en su césped se han levantado trofeos y sueños universitarios que hoy forman parte del imaginario deportivo de México.

El alma del estadio terminó de encenderse con los Pumas. El 9 de enero de 1962, el Olímpico vivió el ascenso histórico del equipo a la Primera División, ante un lleno que cambió para siempre la historia del futbol mexicano. A partir de ese día, cada rugido, cada gol y cada “¡Goya!” comenzaron a retumbar en las paredes de piedra como eco de pertenencia, como si la afición hubiera enmarcado su pasión para siempre.

Un juego de Pumas CU en el futbol americano estudiantil.

El marco perfecto para una obra de arte

En la fachada oriente, el mural de Diego Rivera, La universidad, la familia mexicana, la paz y la juventud deportista, resume su esencia: la unión entre arte, conocimiento y deporte. Rivera lo concibió como una oda visual al espíritu universitario: una familia que entrega la paloma de la paz a su hijo, flanqueada por atletas que encienden la llama eterna del esfuerzo. Es el marco perfecto para la obra viva que ocurre adentro.

Por sus gradas han pasado ídolos de distintas épocas: Hugo Sánchez, Cabinho, Luis Flores, Manuel Negrete, Tuca Ferretti, Jorge Campos, Darío Verón, Joaquín Beltrán, Ailton y tantos otros que dejaron huella. Fue testigo del golazo de Tuca en la final del 91, de las noches mágicas de  los juegos de liguilla y de los cánticos que, cada fin de semana, mantienen viva la pasión. En cada fotografía aérea, el campo luce como el corazón verde de un cuadro dorado, rodeado por la ciudad que lo admira.

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Hoy, a 73 años de su inauguración, el Olímpico Universitario no es solo un recinto deportivo: es un monumento a la historia, al arte y al orgullo azul y oro. Un espacio donde la juventud sigue aprendiendo que la garra también se estudia, que la pasión también se hereda y que el deporte, en CU, es identidad. Es la obra maestra que la UNAM decidió pintar con piedra, viento, goyas y gritos de gol.

Vacío o repleto, el Estadio Olímpico Universitario sigue latiendo. Porque está hecho de roca, sí, pero también de historia, de estudiantes, de comunidad y de sueños. Cada vez que ondea el azul y oro en su interior, la Universidad Nacional vuelve a rugir y ese cuadro llamado Olímpico se vuelve a iluminar, con toda esta historia y simbolismo, es una locura pensar que otros quieran llamarlo su casa, se necesita identidad y mucho arraigo para poder sentir lo que significa ser de verdad local en un inmueble tanta especular e histórico como nuestro templo de gloria y pasión auriazul.

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